
Eran esos los momentos en los que se daba cuenta del dolor antes sufrido, de que eran dagas sutiles, tragos amargos de un pasar violento por este mundo y el otro, la nada misma en un símil exiguo. No eran solo sus carnes leves o su grácil piel las que sufrían, sino su alma. Su alma era entonces propiedad del purgatorio, se limpiaba cada día de los pecados cometidos, por medio de modernas maquinas inventadas solo para la tortura de miles, de los mismos, de la raza humana. Voces, voces, provenían no sabe de donde, no logra distinguir el interior del exterior, lo que fue suyo ya no le pertenece no lo logra percibir dentro de sus dominios. Diezmada yace sobre la cruda mesa, no posee ropas se las han arrancado, en medio de incansables gritos, golpes, sangre, manos que atrapan, bocas que muerden. ¡Puta! ¡di donde están! La misma pregunta la harían años más tarde hijos, nietos, madres, hermanos…Piensa en sus compañeros escondidos, no quiere pensar en donde, aunque lo sabe. La voz de ese repugnante hombre la sacude, la entrega a una sensación extraña. Se angustia, se enrosca, se retuerce en su desnudez. No sabe que es eso. Jamás lo ha sentido.
3 comentarios:
Tus palabras me han llevado a épocas pasadas de mi país, sobre las que cayeron losas de silencio pactado.
Algunas historias deben ser desenterradas, para poder ser de verdad olvidadas.
Tristes saludos!
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Quiero leerlo entero, quiero.
Demasiadas cargas emotivas, no se aguantan de a uno. Se comunican, tiene que ser. Déjame ver la historia entera... si?
Nos veremos.
Adiós.
PD: Lo más probable es que ni siquiera veas este comentario, acabo de percatarme.
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