sábado, septiembre 29, 2012

Nunca pretendí estar en el centro de todo, me desentendí de toda posesión conformándome con algo de ambición. Me gustaba estar a un lado de los focos,  equidistando con luces y sombras. No entiendo cómo es estar ahí, en el medio, asistiendo a la valoración de cada pero. La luz satura sobre mi cara mientras la abertura de mis huesos apunta un ángulo ridículo. Pedí indulgencias hasta el hartazgo por todo y por todos. Me acurruqué en las inclemencias de la falsedad de los gestos poco agraciados del cínico, lo odié como si fuera mi propia idiotez y lo arropé en mis deseos de remecerlo. Despierta, mierda, esta no es tu vida sino la que está allá, afuera de ti mismo. Odio al mundo y sus sutilezas de celofán, odio al mundo y sus vanidades más selectas. Me encontré pobre y ya no desnuda, sino rodeada de mentiras, excusas y gesticulaciones grotescas. Me resulta realmente mágico cómo el mundo disfraza su hipocresía y me la vende en manos baratas, la compro, condescendiente, me cuelgo de hombros que me salen al camino. ¿Todo bien ahora? –me preguntaron– ¿te acostumbraste a todos? No sé qué responder si no es con una mordida, muerdo y escapo. Todo es mentira menos la muerte, incluso si tu verdad es mentir, es ahí donde aparecen los gestos verdaderos de todos nosotros, estos bajos mortales. Me dije que dejaría de ser una espectadora para comenzar a protagonizar mi vida, sin embargo, me estoy hundiendo en el aburrimiento que me inspira la mecánica del actuar. Me aburro en ello de este cuerpo iluso, torpe y desarmado, de esas ansias por reventar. A veces siento que preferiría ansiarte que llegar al fondo sólo para descubrir que eres un trozo más de mis desvelados tedios. Abruma sentir que te estoy guardando como una reliquia, que te alejo para extrañarte, que sólo matándote revives para mis mareas. No quiero estar en el medio, soy un ogro 

sábado, junio 30, 2012

La espesura del aire se mide por el peso de las cosas no dichas. Lo innombrable, se vuelve hostil y golpea las ansias de quien intenta deslizar un soplo por entre la comisura de los labios. Omitimos en pausas, tanteamos el espacio a punta de síntomas lánguidos, mientras los mayos se caen a punta de retazos. Y, no deja de ser curioso: no me debo, no me debes.

Parcial

Necesito fluir con las pocas palabras que tengo y abandonar este celo entrecortado que, así sin más, me deja sin conectores que blandir. Necesito escribir. Las palabras no sangran, dicen, pero a las mías les crecieron quistes ansiosos hasta la angustia por disiparse. Escribir con sangre para diluir estos flujos embarazados de ansia. Ansia, por evitar el tedio, salirme de él como se desciende de un carrusel en movimiento. Vuelvo a verme envuelta en una vuelta más. Obnubilo mis propios ojos, todo se expande y contrae en amarillo, mientras mis ojos gimen agudos. Mis muletillas y lugares comunes ya no sirven para revisar como esa bruma iridiscente se vuelve un desmayo de luces distantes, ligeras ante mi vista de párpados caídos. Te nombro en voz baja como quien intenta silbar con los labios congelados. La gravedad con que me he levantado, es ahora la misma con que devengo tierra. Se necesitan un millar de manos para levantarme. Todavía veo la luz de  la cocina, pero esta vez a través del gris que cubre la piel de mis párpados. Al gemido de mis oídos se suma una tocata grave pero delicada, una secuencia de cantos inundada de pájaros negros. Como fumar todo el día percibiendo la distorsión de unos ojos bien cerrados. Nací durmiendo y mi vida entera se ha entramado en un esfuerzo por despertar. Mi día entero se basa en ese preciso sacrificio, desde que me levanto hasta que justo antes de volverme nube ligera, me vuelvo ajena. Te llevo de la mano, te sonrío a mares, me dueles en el cuerpo porque justo detrás de mí viene una jaula ardiendo en busca de su pájaro. Me sostienes, me delineas , sonríes cuando quiero que todo me olvide. No soy dueña de un título, sino sólo de desmayos en lugares con los que coqueteo. Pulsar contigo es olvidar que dejaré de hacerlo. 

miércoles, febrero 08, 2012

desde el borde

Desperté con una sed de abriles y golpes en la pared que daban la bienvenida a un mundo donde no ocurría lo que en mi sueño. Lo que en mi sueño… mi sueño se desmonta poco a poco. Me doy cuenta de que la playa sigue siendo playa, aunque si no está atestada de montañas de hierro, si lo está de edificios flácidos. Dije “me quiero envuelta en concreciones” y así comencé a urdir. Antes me asomé por el hombro izquierdo y tomé aire para malograr aspiraciones poderosas. Me cansé en soplos y distendí pueblos enteros con mis manos mojadas. Mis cabellos se enredaron con el dolor de mi ojo invisible, se tropezaron en las flores de mis puntas y comencé a darme vuelta, esta vez, hacia la montaña. Oí gritos de gatos a este lado. Un hombre delgado, con aire insecto me miraba desde la portada del libro. Me llamaba desde las ramas del árbol y, por un momento, no me pidió que buscara el mío. Me acomodé y respiré, exhalé pinos exactos mientras mi hermano alega que son una plaga. Una plaga es esta mañana que muerdo como noche, que arde como tarde, que tiembla y no vibra. Siempre me han costado un mundo las mañanas, me resultan caras y poco acoplables dentro de las comisuras de mi devenir aéreo. Ya lo sé y siempre lo miento: no es la mañana la que tiembla, son mis ojos debatiendo con ellos. Aquellos me llaman y algo me dice que gire una vez más y no los escuche. Girando mi nariz se tuerce con la almohada y mi nuca debate con los pliegues de mi ventana. Anquilosada de esferas colecciono arrugas de sábanas blandas, de camas anónimas, donde la única carente de nombre era yo. Recuerdo y me olvido, la dispersión de mi espalda me invita a dejar de morder y girar, cuando mis párpados se asoman al borde. El vórtice: ese lugar dueño de nada y todo a la vez. Desde ahí mis pestañas abandonan patrias conquistando sólo visiones. Un giro más. La palidez me saluda desplegando las abluciones secretas de los planes conspirados por el calendario. Pálida, doy un paso atrás o más bien fuera. Abandono la templanza y me sumo a una somnolencia de cienes. Intento despertar aunque nunca sienta los ojos más abiertos que bajo el agua.