Érase un hombre pegado a dos narices, su frente partida y sus labios sostenidos por un cigarro. Llegaba a esa esquina de mis subterráneos, cuando lo vi. Agachado, de espaldas a mí, registraba el flujo de una llave de agua, cerciorábase de la remota posibilidad de un reflejo. Terminada su tarea, lavó su mano de metal. De sombrero y complexión gris, su piel parecía enverdecer a medida que giraba su rostro prorrumpiendo un leve alarido, apenas un susurro grave. Ironizaba con tenacidad, mientras planchaba con las manos sus ropas de difunto. Zozobré preguntándome por la impresión que me tomaba por asalto: ¿será un embrujo o un don? En su deformidad, me desarmé controlando abruptamente lo que no deseaba. Mirarlo era obligación; evadirlo: vigilia; era el deber llevado a la gran hostilidad. Su trajecito almidonado pedía perdón, pero su semblante parecía adivinar mi turbación. Me objetivó de vuelta, cuando yo no pude hacerlo con él. Comenzaba a sentir luz por mis venas, cuando lo reconocí y honré: -Larga vida al nuevo Midas, los hijos del rigor te saludamos.
sábado, noviembre 29, 2014
Severa
Érase un hombre pegado a dos narices, su frente partida y sus labios sostenidos por un cigarro. Llegaba a esa esquina de mis subterráneos, cuando lo vi. Agachado, de espaldas a mí, registraba el flujo de una llave de agua, cerciorábase de la remota posibilidad de un reflejo. Terminada su tarea, lavó su mano de metal. De sombrero y complexión gris, su piel parecía enverdecer a medida que giraba su rostro prorrumpiendo un leve alarido, apenas un susurro grave. Ironizaba con tenacidad, mientras planchaba con las manos sus ropas de difunto. Zozobré preguntándome por la impresión que me tomaba por asalto: ¿será un embrujo o un don? En su deformidad, me desarmé controlando abruptamente lo que no deseaba. Mirarlo era obligación; evadirlo: vigilia; era el deber llevado a la gran hostilidad. Su trajecito almidonado pedía perdón, pero su semblante parecía adivinar mi turbación. Me objetivó de vuelta, cuando yo no pude hacerlo con él. Comenzaba a sentir luz por mis venas, cuando lo reconocí y honré: -Larga vida al nuevo Midas, los hijos del rigor te saludamos.
viernes, noviembre 28, 2014
Re
El
amor sigue su curso, sigue su cause pero nunca se acaba. Somos nosotros los que
cambiamos, míranos. Son las circunstancias las que cambian de estación y nos
atacan las contingencias. Somos materia que estamos forjando de a poco, el
fuego se nos escapa a ratos y nos es entregado de fuentes unas veces confusas.
Por alguna razón que ignoro, tengo estas ganas de decirte simplemente que me importa.
Como si en mi mundo eso solucionara algo, como si algo se aliviara diciéndolo.
sábado, noviembre 08, 2014
Sotavento
Conozco ese sonido. Lo comparo con la voz del eterno
ausente. Me sabe a tierra libada en vino. Un contrabajo por sí mismo subterráneo.
Sofocada, me levanto en puntasdepiés y busco la sombra de un día que empieza a
morir. Me entrego en ofrenda, cual premio a la cualidad de resistir, ofrecida al
gremio de los silenciosos que buscan su lugar en cementerios constelados.
A veces ya no sé donde fingir entregarme, donde posar sobre
mis muslos este ensayo general, este intento de epifanía que algunos llaman,
paradójicamente, concupiscencia. El terciopelo pesa desde que cae de cielo a
tierra, mi cuerpo mediante. Háblame de ardores y te diré que quisimos poner un
dedo sobre nuestro límite, como quien sopla contra vientos de septiembre. Susurro
este canto plañido de goznes, toco el centro
de la frente de este hermeneuta caído y convierto en sigilo su engaño.
Mientras danzamos se ciernen como plagas las lógicas a lo
lejos.
El ángel y yo las veremos arder.
El ángel y yo las veremos arder.
viernes, septiembre 26, 2014
Nostos
Empecé escribiendo una suerte de carta/escrito, muy
pretensioso que no me llevaría a ninguna parte. Bueno, salvo a una buena
bocanada de frustración. Quería escribir un fragmento sin nombres, sin lugares,
sin concreciones, una abstracción tras la que esconder esta desnudez. Pero no,
supongo que hubo un intersticio entre los tantos tintineos de la barra
espaciadora en que un eco me hizo entender que el vacío no se llena con
estratagemas blandos. El asunto es que
aquí estoy, escribiendo una carta que no miente. Quise hablar sobre puertas que
abro y cierro repetida y mecánicamente. Luego iba de un salto, ayudada por
poleas, hacia el lugar de una repentina intuición por la que me veía ejerciendo
el mismo gesto en distintos momentos de la historia. Pero dejé la mezquindad a un lado del plato,
acompañando a la rosa púrpura que reluce su gasto en la porcelana. Trato de
acomodarme, de despejar la masa que cubre el hueso y tocar sinceramente el
suelo con mis isquiones. Pero no me alcanza el movimiento. Vuelvo a borrar lo
escrito. Ya sabes, no es fácil escribir a un fantasma. Sobre todo si se trata
del espectro de lo que nunca existió. Mas, supongo que vale la pena preguntar
¿cómo se añora lo que nunca tuvo terruño? ¿Cómo se describe una herida que
nunca tuvo huella? Miro a cualquier tipo de pasado buscando una respuesta, como
si un posible origen me devolviera esa matriz de la que me desgarré. Husmeando
ese pasado, caigo. El peso de mis tobillos de plomo me tira hacia el centro de
la tierra, cada vez más lejos de ese principio. Piensa. Cuando el dios padre
vio que sus hijos construían torres que tocaran el cielo, envió fuegos
fluorescentes que dividieran esa masa enferma, alzada por curiosidad hacia las
alturas. Cuando una de las inteligencias primordiales, una vez emanada, quiso
conocer al principio supremo, en el giro hacia atrás se produce un resbalo que
hoy llamamos mundo. Lo absurdo es andar por la oscuridad en luz de vela,
poseyendo la certeza de que no es posible saber de ti porque circunambulas por
todo aquello que desfila tras los márgenes de todo cuanto puedo informar. No
pueden alzarse dos poderes, el universo se vuelve guerra. No puedo contener
entre mis pliegues, esta necesidad ardiendo por descubrir lo que se esconde
bajo la alfombra, entre el guardapolvo y el comienzo del suelo. Me quedo
mirando el sol, inventando una canción que me enseñe a hablar esta lengua de
olvidos obligados.
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