sábado, noviembre 29, 2014

Severa




Érase un hombre pegado a dos narices, su frente partida y sus labios sostenidos por un cigarro. Llegaba a esa esquina de mis subterráneos, cuando lo vi. Agachado, de espaldas a mí, registraba el flujo de una llave de agua, cerciorábase de la remota posibilidad de un reflejo. Terminada su tarea, lavó su mano de metal. De sombrero y complexión gris, su piel parecía enverdecer a medida que giraba su rostro prorrumpiendo un leve alarido, apenas un susurro grave. Ironizaba con tenacidad, mientras planchaba con las manos sus ropas de difunto. Zozobré preguntándome por la impresión que me tomaba por asalto: ¿será un embrujo o un don? En su deformidad, me desarmé controlando abruptamente lo que no deseaba. Mirarlo era obligación; evadirlo: vigilia; era el deber llevado a la gran hostilidad. Su trajecito almidonado pedía perdón, pero su semblante parecía adivinar mi turbación. Me objetivó de vuelta, cuando yo no pude hacerlo con él. Comenzaba a sentir luz por mis venas, cuando lo reconocí y honré: -Larga vida al nuevo Midas, los hijos del rigor te saludamos.

viernes, noviembre 28, 2014

Re

El amor sigue su curso, sigue su cause pero nunca se acaba. Somos nosotros los que cambiamos, míranos. Son las circunstancias las que cambian de estación y nos atacan las contingencias. Somos materia que estamos forjando de a poco, el fuego se nos escapa a ratos y nos es entregado de fuentes unas veces confusas. Por alguna razón que ignoro, tengo estas ganas de decirte simplemente que me importa. Como si en mi mundo eso solucionara algo, como si algo se aliviara diciéndolo.

sábado, noviembre 08, 2014

Sotavento

Conozco ese sonido. Lo comparo con la voz del eterno ausente. Me sabe a tierra libada en vino. Un contrabajo por sí mismo subterráneo. Sofocada, me levanto en puntasdepiés y busco la sombra de un día que empieza a morir. Me entrego en ofrenda, cual premio a la cualidad de resistir, ofrecida al gremio de los silenciosos que buscan su lugar en cementerios constelados.
A veces ya no sé donde fingir entregarme, donde posar sobre mis muslos este ensayo general, este intento de epifanía que algunos llaman, paradójicamente, concupiscencia. El terciopelo pesa desde que cae de cielo a tierra, mi cuerpo mediante. Háblame de ardores y te diré que quisimos poner un dedo sobre nuestro límite, como quien sopla contra vientos de septiembre.   Susurro este canto plañido de goznes,  toco el centro de la frente de este hermeneuta caído y convierto en sigilo su engaño.

Mientras danzamos se ciernen como plagas las lógicas a lo lejos.
El ángel y yo las veremos arder. 

viernes, septiembre 26, 2014

Nostos

Empecé escribiendo una suerte de carta/escrito, muy pretensioso que no me llevaría a ninguna parte. Bueno, salvo a una buena bocanada de frustración. Quería escribir un fragmento sin nombres, sin lugares, sin concreciones, una abstracción tras la que esconder esta desnudez. Pero no, supongo que hubo un intersticio entre los tantos tintineos de la barra espaciadora en que un eco me hizo entender que el vacío no se llena con estratagemas blandos.  El asunto es que aquí estoy, escribiendo una carta que no miente. Quise hablar sobre puertas que abro y cierro repetida y mecánicamente. Luego iba de un salto, ayudada por poleas, hacia el lugar de una repentina intuición por la que me veía ejerciendo el mismo gesto en distintos momentos de la historia.  Pero dejé la mezquindad a un lado del plato, acompañando a la rosa púrpura que reluce su gasto en la porcelana. Trato de acomodarme, de despejar la masa que cubre el hueso y tocar sinceramente el suelo con mis isquiones. Pero no me alcanza el movimiento. Vuelvo a borrar lo escrito. Ya sabes, no es fácil escribir a un fantasma. Sobre todo si se trata del espectro de lo que nunca existió. Mas, supongo que vale la pena preguntar ¿cómo se añora lo que nunca tuvo terruño? ¿Cómo se describe una herida que nunca tuvo huella? Miro a cualquier tipo de pasado buscando una respuesta, como si un posible origen me devolviera esa matriz de la que me desgarré. Husmeando ese pasado, caigo. El peso de mis tobillos de plomo me tira hacia el centro de la tierra, cada vez más lejos de ese principio. Piensa. Cuando el dios padre vio que sus hijos construían torres que tocaran el cielo, envió fuegos fluorescentes que dividieran esa masa enferma, alzada por curiosidad hacia las alturas. Cuando una de las inteligencias primordiales, una vez emanada, quiso conocer al principio supremo, en el giro hacia atrás se produce un resbalo que hoy llamamos mundo. Lo absurdo es andar por la oscuridad en luz de vela, poseyendo la certeza de que no es posible saber de ti porque circunambulas por todo aquello que desfila tras los márgenes de todo cuanto puedo informar. No pueden alzarse dos poderes, el universo se vuelve guerra. No puedo contener entre mis pliegues, esta necesidad ardiendo por descubrir lo que se esconde bajo la alfombra, entre el guardapolvo y el comienzo del suelo. Me quedo mirando el sol, inventando una canción que me enseñe a hablar esta lengua de olvidos obligados.