sábado, noviembre 08, 2014

Sotavento

Conozco ese sonido. Lo comparo con la voz del eterno ausente. Me sabe a tierra libada en vino. Un contrabajo por sí mismo subterráneo. Sofocada, me levanto en puntasdepiés y busco la sombra de un día que empieza a morir. Me entrego en ofrenda, cual premio a la cualidad de resistir, ofrecida al gremio de los silenciosos que buscan su lugar en cementerios constelados.
A veces ya no sé donde fingir entregarme, donde posar sobre mis muslos este ensayo general, este intento de epifanía que algunos llaman, paradójicamente, concupiscencia. El terciopelo pesa desde que cae de cielo a tierra, mi cuerpo mediante. Háblame de ardores y te diré que quisimos poner un dedo sobre nuestro límite, como quien sopla contra vientos de septiembre.   Susurro este canto plañido de goznes,  toco el centro de la frente de este hermeneuta caído y convierto en sigilo su engaño.

Mientras danzamos se ciernen como plagas las lógicas a lo lejos.
El ángel y yo las veremos arder. 

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