Empecé escribiendo una suerte de carta/escrito, muy
pretensioso que no me llevaría a ninguna parte. Bueno, salvo a una buena
bocanada de frustración. Quería escribir un fragmento sin nombres, sin lugares,
sin concreciones, una abstracción tras la que esconder esta desnudez. Pero no,
supongo que hubo un intersticio entre los tantos tintineos de la barra
espaciadora en que un eco me hizo entender que el vacío no se llena con
estratagemas blandos. El asunto es que
aquí estoy, escribiendo una carta que no miente. Quise hablar sobre puertas que
abro y cierro repetida y mecánicamente. Luego iba de un salto, ayudada por
poleas, hacia el lugar de una repentina intuición por la que me veía ejerciendo
el mismo gesto en distintos momentos de la historia. Pero dejé la mezquindad a un lado del plato,
acompañando a la rosa púrpura que reluce su gasto en la porcelana. Trato de
acomodarme, de despejar la masa que cubre el hueso y tocar sinceramente el
suelo con mis isquiones. Pero no me alcanza el movimiento. Vuelvo a borrar lo
escrito. Ya sabes, no es fácil escribir a un fantasma. Sobre todo si se trata
del espectro de lo que nunca existió. Mas, supongo que vale la pena preguntar
¿cómo se añora lo que nunca tuvo terruño? ¿Cómo se describe una herida que
nunca tuvo huella? Miro a cualquier tipo de pasado buscando una respuesta, como
si un posible origen me devolviera esa matriz de la que me desgarré. Husmeando
ese pasado, caigo. El peso de mis tobillos de plomo me tira hacia el centro de
la tierra, cada vez más lejos de ese principio. Piensa. Cuando el dios padre
vio que sus hijos construían torres que tocaran el cielo, envió fuegos
fluorescentes que dividieran esa masa enferma, alzada por curiosidad hacia las
alturas. Cuando una de las inteligencias primordiales, una vez emanada, quiso
conocer al principio supremo, en el giro hacia atrás se produce un resbalo que
hoy llamamos mundo. Lo absurdo es andar por la oscuridad en luz de vela,
poseyendo la certeza de que no es posible saber de ti porque circunambulas por
todo aquello que desfila tras los márgenes de todo cuanto puedo informar. No
pueden alzarse dos poderes, el universo se vuelve guerra. No puedo contener
entre mis pliegues, esta necesidad ardiendo por descubrir lo que se esconde
bajo la alfombra, entre el guardapolvo y el comienzo del suelo. Me quedo
mirando el sol, inventando una canción que me enseñe a hablar esta lengua de
olvidos obligados.
viernes, septiembre 26, 2014
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