lunes, noviembre 28, 2016

Danza Estrecha




















Desde la herida entro al ruedo
Una vez que la misericordia haya puesto cien pesos
Y el mejor despecho del Corazones en la cajita musical.

Veo un ala rota,
El orgullo herido opaca todo el ancho de la cancha.
Pronto le hago un espacio a mi escarcha:
brillo en la sombra del otro.

Hago propia la penumbra, la envuelvo en celofanes
plancho las arrugas con mis manos
mientras me ajusto a su espalda
lo leo, lo hiergo, lo aplazo

tiemblo ante el paso en falso
y redoblo los esfuerzos
primero, el calor
luego, la ternura.

No me detengo hasta que siento el escozor.
Ahí está ese olor
La condescendencia, un señuelo tibio.

Voy tomando el ritmo,
De momento que marco el paso.
Te giro, te remezco, te despliego
Pierdes los pies

Luego, giras a regañadientes
Hasta que te detienes todo y me tomas del antebrazo
Pretendes girarme, remecerme, abrirme
Mas sólo logras un mar de suspiros toscos.

Hemos perdido el aliento
Todo
Por no saber a dónde te llevo
Por notar que te has dejado llevar
Por no confiar tus pasos a la sombra, replegar la guía, ensordecer intuiciones.

Bajamos,
incluso cuando sobran la bajeza y el insulto.
Anquilosada por los descargos
ya no te miro a los ojos
  
Se cumplió una ronda más
De grandes cirugías espirituales
De azules oscilaciones en la cadena de engranajes perennes.

Me vuelvo a sentar a media luz, silbo.
Reverenciamos al severo mientras armamos al riguroso.


lunes, noviembre 14, 2016

Delicuescentes


Ya no recuerdo bien qué hacía por Morandé, doblando la esquina hacia Santo Domingo. Las manos mojadas, la ropa usada, la complexión provinciana. Recuerdo sólo flotar.
Nos sentábamos cada tarde a sintonizar canciones crudas, una y otra vez escuchadas, esperando los oídos vírgenes del prójimo. No dejábamos jamás la hostilidad ni la desmesura. Perdidos como estábamos en nosotros mismos, absortos en el éter metálico, pedíamos prestadas hilachas de futuro y destapábamos una botella para desgarrar el tedio. Aburridos de la implacable catarata que obnubila el asombro, lográbamos incorporarnos como por arte del desgarro: íbamos paso tras paso persiguiendo los perros de la luna. Desconociéndonos a cada tranco, presionábamos la soledad y cambiábamos el dial… a ver si así regenerábamos el pléroma perdido. Descolgados de la infinita unión, cobrando los pesos que dejábamos por las retornables, recaíamos en vagos recuerdos de la vereda que nos expuso.
Suspirábamos nubes enteras, añorábamos el fragor de la casa que se deja contra el sudor de la extranjería que empezamos a desdoblar. Ciegos de floripondio, el viento con tierra calma nuestros abscesos de pánico, tal como antaño lo lograba el brillo de los cuerpos moviéndose en la pantalla.

Ya no reconozco esta calle ni estos escombros raídos, nada de esto es ya mío, ni menos tuyo. Aquí, sentados en la vereda, el sol pega en los lomos de las vacas sagradas, una vez que los escritores fantasma atraen sus peores suertes mientras juegan a la ruleta sucia.

Resaca

No siempre parto con el fin, pero esta historia terminó. Vernos, sólo evidencia la herida, dibuja nuestros muñones y recoge nuestras lágrimas. No hay día en que no me pregunte cómo estarás, qué será de tus fracturas, de tus obsesiones y locuras. Qué será de esos ojos profundos, esa mirada intensa y esas manos tiernas ¿Te perderás dentro de mis recuerdos? Cargo con tanta memoria fresca.
Caemos como ciénagas sobre el frío pavimento. Cargamos con el consabido final del paraíso perdido, tomamos las micros que nos llevan desde el limbo al patíbulo y nos sentamos a servir cervezas tibias en los manteles de hule que dibujan un falso cielo prometido. No te miento, a veces mi memoria te toma de las manos, te recorta de la mierda, y te trae a tientas sobre estos hombros caídos. Salen a relucir esos viajes nocturnos, esas temporadas en que fuiste capaz de llevarme más allá de mi misma y disipaste el temor con el coraje de tu caminar pausado. Pero no sé cómo fue que las historias se fueron anudando, las palabras fueron cambiando su calibre y su simbolismo, dejamos de hablar el mismo lenguaje y ya nunca hubo espacio donde respirar este lamento azumagado. Reímos como idiotas alcanzando el absurdo, nos lanzamos al abismo hiperventilado junto a un ejército de almas quiltras y aplastamos un mar de arrugas con nuestros cuerpos sobre las sábanas. Tú dirás que estuve ausente. Yo, que estuviste impertinentemente presente. Pudimos construirlo todo con tan sólo un par de ironías, pero nos quedamos simplemente mirando el humo de nuestros sueños quemándose en el último porro del yacimiento ¿Será que un día nos miraremos sin resaca ni resentimiento? 

Motores Sagrados

No había luz, ni oscuridad. Sólo una llamarada reflejada en las pupilas, una mínima porción de fulgores. Arrastrados por la distancia, los invisibles se movían con el roce, aplastados por su propia conciencia, revelados en su máxima aspiración. Uno a uno iban desanudando madejas de oro, uno a uno iban desperdigando las ruinas del futuro. Ella dijo que los vio hace más de un siglo, camino a Tocopilla, blandiendo luciérnagas, estirando el blanco y negro en los rombos de sus ropajes. Cambiaron el desierto por el mar, y el mar, luego, por la furia. Sepultados por la gravedad, bajo una nube de cianuro, los pequeños ídolos se encumbraron hacia el río surcando cadáveres de enormes aves, gaviotas derribadas por grandes bocanadas de wifi.  Mientras el zurcir de la hipocresía guarda bajo sus autopistas los estertores del progreso, tarde a tarde se juntan a repartir ciegamente sus migas, mirar rostros en la pantalla, adormecerse en la impotencia. Avanzar se hizo cada vez más impertinente: tropezando por doquier con lo incondicionado, todo puede ser un tesoro liviano. Salvo que esta vez lleva tarifa, un ahora y un ya. Ellos, enterados y sepultados hasta las rodillas, vagan con la destreza del recuerdo. Van sembrando gestos sin espectador posible, sin concurso sin sorteo ni salvo conducto. Navegan sin presagiar el cambio de los semáforos en el tiempo y la dirección correcta, simplemente en un encumbrarse, un anegarse en desagües hasta disolverse en plena inutilidad.  
Dibujan playas en los ceniceros, almidonan las pisadas en el metro, flanquean los arcos de un ejército de dientes de león. Luego, sin aviso, simplemente caen arrastrados por la corriente interna, mientras la belleza del gesto sigue aguardando su lector.


Barricada

Hay cosas que no merecen la gracia de ser explicadas por la norma del panóptico: Mirar a otros en la calle, desfallecer por un pedazo de aire propio, pensar en las infinitas terminaciones del gesto ajeno, girar en círculos hasta perder el abismo  ¿Te acuerdas de la última vez que dijiste que morirías debajo de la mesa del pellejo? Debe haber sido la misma época en que no quería saber nada, de nadie, nunca. Debe ser porque me regalo al vacío. Eso no quiere decir que sea un obsequio a la nada, sino que me rodeo de plástico transparente, me hermetizo y me doy al mundo.  Cual mónada, me quedo en la vitrina de mi cubierta, dejo abierto el buzón de sugerencias y se deslizan por su rendija un montón de visiones sobre mis mareas. Sentencio que me llevas como corriendo, pero más bien te llevo como escapando. Me tomo de tu brazo y arranco contigo, te culpo luego de que vamos a matacaballo.
Cuando ya no estés, esta ciudad me aplastará bajo sus constelaciones. Los manteles de linóleo del Arauco serán incendiados por cada espejo del Diamante, mientras los perros vagos se enfilan hasta las cascadas en las que el Wonderbar canaliza sus mareas. Desde los neones verdes y los helechos de plástico de la Alameda, hasta los monos que en Yungay se tapan frente, nariz y boca, armarán toda una larga flecha hacia el poniente.
Los lugares descubiertos señalarán nuevas fallas, el suelo se volverá lava y reconoceré tu rostro en cada bar oculto, donde los jubilados fríen papas en carros de supermercado.  Cada vuelta de la rueda será un adelanto y la vez un retroceso, ya no podré inflarla con tan sólo mis ansias.

Nunca supe cómo explicarte que llevo en mi pecho una ciudad inflamada. 

miércoles, agosto 26, 2015

Cena remitida

No tengo palabras ya para evocar ni ahuyentar algún fantasma, aun cuando se aglomeran las llamadas en la sección de objetos encontrados. Esta vez me deslizo debajo de la mesa, silente, casi reptando por la silla hacia el sarcófago de migas y pienso: este es mi lugar, mi cabeza hacia el poniente y mi nuca abre la gravedad. Declino algunos nombres como barajando las posibles funciones que puedan ser útiles a la misión subterráneamente emprendida. Pero no, a mi lado sólo hay un conjunto insoportable de piernas, ruedos y zapatos mal puestos. Entonces recuerdo que me escribiste un escueto y repensado mensaje, similar al oblicuo saludar de los impalas. Y aunque no quieras respuesta, estos pies que me arrullan me incitan al mismo tiempo a que los lustre y amarre, mostrándome sus nudos y pelajes. Sabes bien, toda vez que soy nombrada en la sobremesa, soy a la vez increpada por el eco del silencio que auscultan tus mensajes sin respuesta.  Tan ausentes de sí mismos como esta canción que silbando sugiere un nombre para mi aterrizaje en la suspensión.
Tarareando, agoto cada servilleta en barcos de papel que naufragan desafinando sorderas.



sábado, noviembre 29, 2014

Severa




Érase un hombre pegado a dos narices, su frente partida y sus labios sostenidos por un cigarro. Llegaba a esa esquina de mis subterráneos, cuando lo vi. Agachado, de espaldas a mí, registraba el flujo de una llave de agua, cerciorábase de la remota posibilidad de un reflejo. Terminada su tarea, lavó su mano de metal. De sombrero y complexión gris, su piel parecía enverdecer a medida que giraba su rostro prorrumpiendo un leve alarido, apenas un susurro grave. Ironizaba con tenacidad, mientras planchaba con las manos sus ropas de difunto. Zozobré preguntándome por la impresión que me tomaba por asalto: ¿será un embrujo o un don? En su deformidad, me desarmé controlando abruptamente lo que no deseaba. Mirarlo era obligación; evadirlo: vigilia; era el deber llevado a la gran hostilidad. Su trajecito almidonado pedía perdón, pero su semblante parecía adivinar mi turbación. Me objetivó de vuelta, cuando yo no pude hacerlo con él. Comenzaba a sentir luz por mis venas, cuando lo reconocí y honré: -Larga vida al nuevo Midas, los hijos del rigor te saludamos.

viernes, noviembre 28, 2014

Re

El amor sigue su curso, sigue su cause pero nunca se acaba. Somos nosotros los que cambiamos, míranos. Son las circunstancias las que cambian de estación y nos atacan las contingencias. Somos materia que estamos forjando de a poco, el fuego se nos escapa a ratos y nos es entregado de fuentes unas veces confusas. Por alguna razón que ignoro, tengo estas ganas de decirte simplemente que me importa. Como si en mi mundo eso solucionara algo, como si algo se aliviara diciéndolo.

sábado, noviembre 08, 2014

Sotavento

Conozco ese sonido. Lo comparo con la voz del eterno ausente. Me sabe a tierra libada en vino. Un contrabajo por sí mismo subterráneo. Sofocada, me levanto en puntasdepiés y busco la sombra de un día que empieza a morir. Me entrego en ofrenda, cual premio a la cualidad de resistir, ofrecida al gremio de los silenciosos que buscan su lugar en cementerios constelados.
A veces ya no sé donde fingir entregarme, donde posar sobre mis muslos este ensayo general, este intento de epifanía que algunos llaman, paradójicamente, concupiscencia. El terciopelo pesa desde que cae de cielo a tierra, mi cuerpo mediante. Háblame de ardores y te diré que quisimos poner un dedo sobre nuestro límite, como quien sopla contra vientos de septiembre.   Susurro este canto plañido de goznes,  toco el centro de la frente de este hermeneuta caído y convierto en sigilo su engaño.

Mientras danzamos se ciernen como plagas las lógicas a lo lejos.
El ángel y yo las veremos arder. 

viernes, septiembre 26, 2014

Nostos

Empecé escribiendo una suerte de carta/escrito, muy pretensioso que no me llevaría a ninguna parte. Bueno, salvo a una buena bocanada de frustración. Quería escribir un fragmento sin nombres, sin lugares, sin concreciones, una abstracción tras la que esconder esta desnudez. Pero no, supongo que hubo un intersticio entre los tantos tintineos de la barra espaciadora en que un eco me hizo entender que el vacío no se llena con estratagemas blandos.  El asunto es que aquí estoy, escribiendo una carta que no miente. Quise hablar sobre puertas que abro y cierro repetida y mecánicamente. Luego iba de un salto, ayudada por poleas, hacia el lugar de una repentina intuición por la que me veía ejerciendo el mismo gesto en distintos momentos de la historia.  Pero dejé la mezquindad a un lado del plato, acompañando a la rosa púrpura que reluce su gasto en la porcelana. Trato de acomodarme, de despejar la masa que cubre el hueso y tocar sinceramente el suelo con mis isquiones. Pero no me alcanza el movimiento. Vuelvo a borrar lo escrito. Ya sabes, no es fácil escribir a un fantasma. Sobre todo si se trata del espectro de lo que nunca existió. Mas, supongo que vale la pena preguntar ¿cómo se añora lo que nunca tuvo terruño? ¿Cómo se describe una herida que nunca tuvo huella? Miro a cualquier tipo de pasado buscando una respuesta, como si un posible origen me devolviera esa matriz de la que me desgarré. Husmeando ese pasado, caigo. El peso de mis tobillos de plomo me tira hacia el centro de la tierra, cada vez más lejos de ese principio. Piensa. Cuando el dios padre vio que sus hijos construían torres que tocaran el cielo, envió fuegos fluorescentes que dividieran esa masa enferma, alzada por curiosidad hacia las alturas. Cuando una de las inteligencias primordiales, una vez emanada, quiso conocer al principio supremo, en el giro hacia atrás se produce un resbalo que hoy llamamos mundo. Lo absurdo es andar por la oscuridad en luz de vela, poseyendo la certeza de que no es posible saber de ti porque circunambulas por todo aquello que desfila tras los márgenes de todo cuanto puedo informar. No pueden alzarse dos poderes, el universo se vuelve guerra. No puedo contener entre mis pliegues, esta necesidad ardiendo por descubrir lo que se esconde bajo la alfombra, entre el guardapolvo y el comienzo del suelo. Me quedo mirando el sol, inventando una canción que me enseñe a hablar esta lengua de olvidos obligados. 

lunes, diciembre 30, 2013

Autorización Firmada

.



No gastaré mi tiempo con el esclavo de sus propios límites.

sábado, octubre 26, 2013

Hacia el rincón, más acá de la escalera.

Me dejaste al final del corredor, de espaldas a ti
sosteniendo una vela derretida,
soplando en pulgares el estupor de mi cuello.
Tiraste de mi quebranto
como se fuerzan las sogas de una vela
para hacer de ella una dirección silenciosa hacia alta mar,
queriendo, precisamente, abarcarla sin majaderías posibles.

No detesto. No devengo odios, sino estupor.
Impávida, repaso las trayectorias de la incandescencia.
Cuando las esquirlas no describen la espiral de una metáfora

son sólo excusas.

Nada más detestable que no tener explicaciones que esgrimir,
que de un toque señalen tu cabeza como queriendo degollar por magia.
Por eso sigo ensayando una a una en mi cabeza,
las casualidades e inocencias que se debieron entretejer para hacerme un traspié directo a la creencia.
Sigo ensayándolas como se ensaya una efeméride,
efeméride de un feriado con gusto a tedio,
de esos que no logran vencerse junto a un cielo nublado.

Volveré a él. Volveré al pasado hasta que mis párpados
ya no tengan motivos para encontrarse solapados.

... Libo estas palabras urdiendo descripciones, sin representar el movimiento de un subterfugio,
eso, si no es el de un estado de una mente.

sábado, octubre 12, 2013

Desvelo

No me importa si es verdad o no, mientras ayude a comprender este manojo de inventos que llamamos humanidad. Poco importa si las células, el movimiento de los cuerpos celestes o el análisis formulado del lenguaje lo avalen. De cualquier forma, no somos más que un puñado de mentiras articuladas en torno a un gran hoyo negro. Somos nuestro propio abismo habitado en cada una de sus orillas.

viernes, octubre 11, 2013

En Deuda

- Deambulamos balbuceantes en la niebla de nuestros ecos. No nos dejan partir ni silenciamos nuestros recuerdos. Me pueblan embargos a cada quincena que retomo el lamento. Hablo a dos voces esperando reforzar estupores para que, finalmente, la gravedad los arroje aparte de mi. Y, sí, estoy lejos. Estoy lejos como queriendo perseguir algo que no sepa a celofán e ironía. Lejos, como para no descubrir la exigencia que suponen las vertientes irregulares de la amplia selva de sábanas que se alcanza al final de la elegía. 
- No sé leer si no es con intenciones, con intervenciones accidentales. La espuma de mi salvia atiborra los lugares del margen, mi voz se entrecorta de refranes imberbes. Soy apenas la forzosa espuma del hombre que te debo, que te deben y que nunca cobrarás. 
- ¿A quién he de agradecer el temblor, entonces?- Preguntó.
- Ve, agradécele al alba que, cercanos, nos vio desplazar.

De pie, apaga el último farol a la hora del lobo. 
Los momentos restantes vuelven a parir nuevas histerias para aplacar antiguas y ya fútiles alegrías. Vacíate, vacíate para no reclamar ninguna orden como tuya mientras augurando resuenan gritos en la hoguera. En esta hora azul enciende el último pregón para que el viento indeciso lo apague. Ya Amanece. 

sábado, octubre 05, 2013

I.-



Volví al lamento.
Te dibujo por ausencia.
Y cuando cruzo cada umbral
me pregunto si es posible
amar una idea.
¿sería posible

que te quedes algún día?

Junio 29

Me quise trofeo en momentos y lugares que hablaban por su infamia, entonces te arropé mientras esperabas que doblara a la vuelta de la esquina. Háblame, déjame subir ese árbol para entender de una vez este epitafio. 

De Midas y sus otros

No puedo definirte: estás siempre siendo los demás. No puedo amarte cuando me encuentro a mí misma en ti. Quiero que sepas que, en días alienantes, te odio y a mí en ti.
Quise un carnaval hacia lo otro, pero no pude si no encontrar más de lo mismo. Quise ser alteradamente feliz, mas, sólo encontré el difícil camino hacia adentro. Cerca de todo esto, mi madre toma una taza de café en el sillón, la mirada perdida, los labios fruncidos. Me aburro de esperarla, ella también.
Siempre ansié algo que me tomara de las manos y me tirara hacia la tierra. Un objeto ardiendo cae a mis pies, sus esquirlas no terminan de agotarme. Sólo me estoy diluyendo de a poco.

Acabaría conmigo. Pero, me repugna saber lo patético que sería acabarme sin saber por qué. Si no desaparezco ahora, es porque todavía sigo buscando esa respuesta. 

Fauces

Abres una puerta. La abres como permaneciendo tras ella, como no queriendo sentir el crujido que hace al abrir. Abres una puerta y te ciernes sobre sus goznes para no sentir el temblor, hirviendo en saludos ensayados. No queriendo sonar soberbia, te parece demasiado simple levantar la vista y mirar a los ojos de lo que sea que hay adentro –o afuera–. Pero sabes que lo eres.
Girar la manilla, simplemente muy de otro tiempo… aunque se trate del tuyo.
Pero ¿qué más poder emancipar? No hay nadie como tú allí dentro. No hay nadie como tú allí dentro si tú así no lo quieres. Es más, podría pensarse de la forma contraria en otras latitudes ajenas.
Abalánzate y, justamente, cierra los ojos. No mires hacia abajo, marearás el asombro; ni te quedes mirando el cielo, no podrás contenerlo entre tus pliegues.
El absurdo es el eufemismo que llama versos en mí, no la poesía. Las ideas ya no cortan, ya no se afilan en la desmesura de la tragedia ni desanudan mi cuello al languidecer sudor. No. Ahora devienen unas contra otras punzando la posibilidad de una vertical. De tarde las nubes obrarán en favor de tu humor. Nada más que sal marina en el dedo puesto sobre la cerradura, es hora de cortar y libar ese silencio incómodo de la ceguera. Voy viajando cada vez más ligero. Voy navegante hacia la disolución.

La manilla de la puerta empieza a gemir de insoportable resquemor, como quien –desde el otro lado- intenta abrir no sabiendo de la traba. Somos ella misma y yo. 

domingo, agosto 04, 2013

De tangos caídos



-             Hablando a pausas.

-          Me cuesta hablar desde otros. Por eso no seré más cínica y hablaré solo desde mí. Pasa que la estupidez me parece tan violenta. Es una verdadera violencia que algo te infecte de miedo primero y cuando estás lo suficientemente vulnerable te dé un golpe de gracia.

-          Siéntate lo convenientemente cerca como para no retratarte en el relato.

-          … Como decía… la estupidez es violenta porque, viniendo desde lejos, se aloja en lo más espeso de ti y tira de las cuerdas que te mueven. Te mentí, no quería verte y me puse a enhebrar una retahíla de recuerdos inmaterializables. Me gusta buscar lejos en las palabras, hacia antaño, como revolver el closet de la abuela muerta.

-          Es doloroso pero abre tu plexo hacia aquello que no te atreves a sentir.

Después de un silencio. Taciturna, casi extática.

-                    -          Te mentí. Te mentí y si lo hice fue para no entrar en ese silencio donde te dedicas a lo que guardaste. No quería verte porque estoy débil, porque estoy vulnerable a todo aquello que me mira y pide algo de mí, casi hasta arrancarlo. Estoy dejando morir un poco de mí todos los días, para viajar más liviano. No quiero mirarte cuando lo hago, cuando me deshago de mi misma.  Por eso hablamos a oscuras y a una distancia justa. Todavía no hago mis maletas y viajo, porque cargo con un espectro y lo sabes bien. Y tú vienes hasta acá cuando sabes que no deberías, invades lo que señalé como aparte de ti. Vienes y tomas algo como si te lo debiera. Estamos en guerra y tú juegas una sucia.  Voy por los papeles y los trámites, mientras tú vas por el aire a caer sobre mis edificios de cristal. No me malinterpretes que no soy pacifista, es sólo que no me interesa esta guerra personalmente contigo ni generalmente ahora. Quizás podamos vivirla, así, de lejos y a oscuras, sin mirarnos a los ojos… pero no estoy segura de que sepas como jugar virtualmente sin desbaratar el sistema.

-                     -                Entonces, devuélveme el error que cometí.
-                     -               Te estoy describiendo, ¿no?

-                     -               Supe que en el fondo te encontraría desarmada, por eso devuelves el golpe.

domingo, marzo 17, 2013

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Quizás escribir es pensar cómo le gustaría a cada uno pensarse, sin resolver nada por escrito. Sólo el acto de escribir para resolverse.