No había luz, ni oscuridad. Sólo una llamarada reflejada en
las pupilas, una mínima porción de fulgores. Arrastrados por la distancia, los
invisibles se movían con el roce, aplastados por su propia conciencia,
revelados en su máxima aspiración. Uno a uno iban desanudando madejas de oro,
uno a uno iban desperdigando las ruinas del futuro. Ella dijo que los vio hace
más de un siglo, camino a Tocopilla, blandiendo luciérnagas, estirando el
blanco y negro en los rombos de sus ropajes. Cambiaron el desierto por el mar,
y el mar, luego, por la furia. Sepultados por la gravedad, bajo una nube de
cianuro, los pequeños ídolos se encumbraron hacia el río surcando cadáveres de enormes
aves, gaviotas derribadas por grandes bocanadas de wifi. Mientras el zurcir de la hipocresía guarda
bajo sus autopistas los estertores del progreso, tarde a tarde se juntan a
repartir ciegamente sus migas, mirar rostros en la pantalla, adormecerse en la
impotencia. Avanzar se hizo cada vez más impertinente: tropezando por doquier
con lo incondicionado, todo puede ser un tesoro liviano. Salvo que esta vez
lleva tarifa, un ahora y un ya. Ellos, enterados y sepultados hasta las
rodillas, vagan con la destreza del recuerdo. Van sembrando gestos sin
espectador posible, sin concurso sin sorteo ni salvo conducto. Navegan sin presagiar
el cambio de los semáforos en el tiempo y la dirección correcta, simplemente en
un encumbrarse, un anegarse en desagües hasta disolverse en plena inutilidad.
Dibujan playas en los ceniceros, almidonan las pisadas en el
metro, flanquean los arcos de un ejército de dientes de león. Luego, sin aviso,
simplemente caen arrastrados por la corriente interna, mientras la belleza del
gesto sigue aguardando su lector.
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