Ya no recuerdo bien qué hacía por Morandé, doblando la
esquina hacia Santo Domingo. Las manos mojadas, la ropa usada, la complexión
provinciana. Recuerdo sólo flotar.
Nos sentábamos cada tarde a sintonizar canciones crudas, una
y otra vez escuchadas, esperando los oídos vírgenes del prójimo. No dejábamos
jamás la hostilidad ni la desmesura. Perdidos como estábamos en nosotros
mismos, absortos en el éter metálico, pedíamos prestadas hilachas de futuro y
destapábamos una botella para desgarrar el tedio. Aburridos de la implacable
catarata que obnubila el asombro, lográbamos incorporarnos como por arte del
desgarro: íbamos paso tras paso persiguiendo los perros de la luna.
Desconociéndonos a cada tranco, presionábamos la soledad y cambiábamos el dial…
a ver si así regenerábamos el pléroma perdido. Descolgados de la infinita
unión, cobrando los pesos que dejábamos por las retornables, recaíamos en vagos
recuerdos de la vereda que nos expuso.
Suspirábamos nubes enteras, añorábamos el fragor de la casa
que se deja contra el sudor de la extranjería que empezamos a desdoblar. Ciegos
de floripondio, el viento con tierra calma nuestros abscesos de pánico, tal
como antaño lo lograba el brillo de los cuerpos moviéndose en la pantalla.
Ya no reconozco esta calle ni estos escombros raídos, nada
de esto es ya mío, ni menos tuyo. Aquí, sentados en la vereda, el sol pega en
los lomos de las vacas sagradas, una vez que los escritores fantasma atraen sus
peores suertes mientras juegan a la ruleta sucia.
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