lunes, noviembre 14, 2016

Delicuescentes


Ya no recuerdo bien qué hacía por Morandé, doblando la esquina hacia Santo Domingo. Las manos mojadas, la ropa usada, la complexión provinciana. Recuerdo sólo flotar.
Nos sentábamos cada tarde a sintonizar canciones crudas, una y otra vez escuchadas, esperando los oídos vírgenes del prójimo. No dejábamos jamás la hostilidad ni la desmesura. Perdidos como estábamos en nosotros mismos, absortos en el éter metálico, pedíamos prestadas hilachas de futuro y destapábamos una botella para desgarrar el tedio. Aburridos de la implacable catarata que obnubila el asombro, lográbamos incorporarnos como por arte del desgarro: íbamos paso tras paso persiguiendo los perros de la luna. Desconociéndonos a cada tranco, presionábamos la soledad y cambiábamos el dial… a ver si así regenerábamos el pléroma perdido. Descolgados de la infinita unión, cobrando los pesos que dejábamos por las retornables, recaíamos en vagos recuerdos de la vereda que nos expuso.
Suspirábamos nubes enteras, añorábamos el fragor de la casa que se deja contra el sudor de la extranjería que empezamos a desdoblar. Ciegos de floripondio, el viento con tierra calma nuestros abscesos de pánico, tal como antaño lo lograba el brillo de los cuerpos moviéndose en la pantalla.

Ya no reconozco esta calle ni estos escombros raídos, nada de esto es ya mío, ni menos tuyo. Aquí, sentados en la vereda, el sol pega en los lomos de las vacas sagradas, una vez que los escritores fantasma atraen sus peores suertes mientras juegan a la ruleta sucia.

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