
Desde las anchas orillas del mar de tus sufrimientos proviene la brisa que alimenta mi llama, firmaste a duras penas el armisticio con el destino y te dejaste llevar por la putrefacta herida de la realidad. Sentimos tu perdida, sentimos tu inmovilidad, sentimos tu falta de peso, sentimos tu carestía de sensibilidad. Aun no vislumbro el semblante de tu alma, aun no vislumbro la magnitud de tu espíritu, aun no presiento el sentir de tu aliento. Este juego sucio de trampas y de sombras nos aleja, estas ahí para mí pero no estoy, estoy ahí para ti pero ya no estas. Dimensiones separadas, distancias malditas, pasos perdidos, lagrimas lánguidas. Aquel puño que cerró tu amanecer fue implantado en mi vientre con dolores precisos, exactos, nimios, que acallaron este sentir inexplorado. Inmutable... inerte como aquel vendedor de sedas que vivió su vida como quien observa un día de lluvia, seda... como si tuvieses entre tus manos un pedazo de nada. Seré nada, una muda, ciega y sorda desde ahora y en la hora de nuestra muerte, amen.






