Desde la herida entro al ruedo
Una vez que la misericordia haya puesto cien pesos
Y el mejor despecho del Corazones
en la cajita musical.
Veo un ala rota,
El orgullo herido opaca todo el ancho de la cancha.
Pronto le hago un espacio a mi escarcha:
brillo en la sombra del otro.
Hago propia la penumbra, la envuelvo en celofanes
plancho las arrugas con mis manos
mientras me ajusto a su espalda
lo leo, lo hiergo, lo aplazo
tiemblo ante el paso en falso
y redoblo los esfuerzos
primero, el calor
luego, la ternura.
No me detengo hasta que siento el escozor.
Ahí está ese olor
La condescendencia, un señuelo tibio.
Voy tomando el ritmo,
De momento que marco el paso.
Te giro, te remezco, te despliego
Pierdes los pies
Luego, giras a regañadientes
Hasta que te detienes todo y me tomas del antebrazo
Pretendes girarme, remecerme, abrirme
Mas sólo logras un mar de suspiros toscos.
Hemos perdido el aliento
Todo
Por no saber a dónde te llevo
Por notar que te has dejado llevar
Por no confiar tus pasos a la sombra, replegar la guía,
ensordecer intuiciones.
Bajamos,
incluso cuando sobran la bajeza y el insulto.
Anquilosada por los descargos
ya no te miro a los ojos
Se cumplió una ronda más
De grandes cirugías espirituales
De azules oscilaciones en la cadena de engranajes perennes.
Me vuelvo a sentar a media luz, silbo.
Reverenciamos al severo mientras armamos al riguroso.

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