viernes, octubre 11, 2013

En Deuda

- Deambulamos balbuceantes en la niebla de nuestros ecos. No nos dejan partir ni silenciamos nuestros recuerdos. Me pueblan embargos a cada quincena que retomo el lamento. Hablo a dos voces esperando reforzar estupores para que, finalmente, la gravedad los arroje aparte de mi. Y, sí, estoy lejos. Estoy lejos como queriendo perseguir algo que no sepa a celofán e ironía. Lejos, como para no descubrir la exigencia que suponen las vertientes irregulares de la amplia selva de sábanas que se alcanza al final de la elegía. 
- No sé leer si no es con intenciones, con intervenciones accidentales. La espuma de mi salvia atiborra los lugares del margen, mi voz se entrecorta de refranes imberbes. Soy apenas la forzosa espuma del hombre que te debo, que te deben y que nunca cobrarás. 
- ¿A quién he de agradecer el temblor, entonces?- Preguntó.
- Ve, agradécele al alba que, cercanos, nos vio desplazar.

De pie, apaga el último farol a la hora del lobo. 
Los momentos restantes vuelven a parir nuevas histerias para aplacar antiguas y ya fútiles alegrías. Vacíate, vacíate para no reclamar ninguna orden como tuya mientras augurando resuenan gritos en la hoguera. En esta hora azul enciende el último pregón para que el viento indeciso lo apague. Ya Amanece. 

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