Me dejaste al final del corredor, de espaldas a ti
sosteniendo una vela derretida,
soplando en pulgares el estupor de mi cuello.
Tiraste de mi quebranto
como se fuerzan las sogas de una vela
para hacer de ella una dirección silenciosa hacia alta mar,
queriendo, precisamente, abarcarla sin majaderías posibles.
No detesto. No devengo odios, sino estupor.
Impávida, repaso las trayectorias de la incandescencia.
Cuando las esquirlas no describen la espiral de una metáfora
son sólo excusas.
Nada más detestable que no tener explicaciones que esgrimir,
que de un toque señalen tu cabeza como queriendo degollar por magia.
Por eso sigo ensayando una a una en mi cabeza,
las casualidades e inocencias que se debieron entretejer para hacerme un traspié directo a la creencia.
Sigo ensayándolas como se ensaya una efeméride,
efeméride de un feriado con gusto a tedio,
de esos que no logran vencerse junto a un cielo nublado.
Volveré a él. Volveré al pasado hasta que mis párpados
ya no tengan motivos para encontrarse solapados.
... Libo estas palabras urdiendo descripciones, sin representar el movimiento de un subterfugio,
eso, si no es el de un estado de una mente.
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