Abres una puerta. La abres como
permaneciendo tras ella, como no queriendo sentir el crujido que hace al abrir.
Abres una puerta y te ciernes sobre sus goznes para no sentir el temblor, hirviendo
en saludos ensayados. No queriendo sonar soberbia, te parece demasiado simple
levantar la vista y mirar a los ojos de lo que sea que hay adentro –o afuera–.
Pero sabes que lo eres.
Girar la manilla, simplemente muy
de otro tiempo… aunque se trate del tuyo.
Pero ¿qué más poder emancipar? No
hay nadie como tú allí dentro. No hay nadie como tú allí dentro si tú así no lo
quieres. Es más, podría pensarse de la forma contraria en otras latitudes ajenas.
Abalánzate y, justamente, cierra
los ojos. No mires hacia abajo, marearás el asombro; ni te quedes mirando el
cielo, no podrás contenerlo entre tus pliegues.
El absurdo es el eufemismo que
llama versos en mí, no la poesía. Las ideas ya no cortan, ya no se afilan en la
desmesura de la tragedia ni desanudan mi cuello al languidecer sudor. No. Ahora
devienen unas contra otras punzando la posibilidad de una vertical. De tarde las
nubes obrarán en favor de tu humor. Nada más que sal marina en el dedo puesto
sobre la cerradura, es hora de cortar y libar ese silencio incómodo de la
ceguera. Voy viajando cada vez más ligero. Voy navegante hacia la disolución.
La manilla de la puerta empieza a
gemir de insoportable resquemor, como quien –desde el otro lado- intenta abrir
no sabiendo de la traba. Somos ella misma y yo.
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