sábado, octubre 05, 2013

Fauces

Abres una puerta. La abres como permaneciendo tras ella, como no queriendo sentir el crujido que hace al abrir. Abres una puerta y te ciernes sobre sus goznes para no sentir el temblor, hirviendo en saludos ensayados. No queriendo sonar soberbia, te parece demasiado simple levantar la vista y mirar a los ojos de lo que sea que hay adentro –o afuera–. Pero sabes que lo eres.
Girar la manilla, simplemente muy de otro tiempo… aunque se trate del tuyo.
Pero ¿qué más poder emancipar? No hay nadie como tú allí dentro. No hay nadie como tú allí dentro si tú así no lo quieres. Es más, podría pensarse de la forma contraria en otras latitudes ajenas.
Abalánzate y, justamente, cierra los ojos. No mires hacia abajo, marearás el asombro; ni te quedes mirando el cielo, no podrás contenerlo entre tus pliegues.
El absurdo es el eufemismo que llama versos en mí, no la poesía. Las ideas ya no cortan, ya no se afilan en la desmesura de la tragedia ni desanudan mi cuello al languidecer sudor. No. Ahora devienen unas contra otras punzando la posibilidad de una vertical. De tarde las nubes obrarán en favor de tu humor. Nada más que sal marina en el dedo puesto sobre la cerradura, es hora de cortar y libar ese silencio incómodo de la ceguera. Voy viajando cada vez más ligero. Voy navegante hacia la disolución.

La manilla de la puerta empieza a gemir de insoportable resquemor, como quien –desde el otro lado- intenta abrir no sabiendo de la traba. Somos ella misma y yo. 

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