No tengo palabras ya para evocar ni ahuyentar algún
fantasma, aun cuando se aglomeran las llamadas en la sección de objetos
encontrados. Esta vez me deslizo debajo de la mesa, silente, casi reptando por
la silla hacia el sarcófago de migas y pienso: este es mi lugar, mi cabeza hacia
el poniente y mi nuca abre la gravedad. Declino algunos nombres como barajando
las posibles funciones que puedan ser útiles a la misión subterráneamente emprendida.
Pero no, a mi lado sólo hay un conjunto insoportable de piernas, ruedos y
zapatos mal puestos. Entonces recuerdo que me escribiste un escueto y repensado
mensaje, similar al oblicuo saludar de los impalas. Y aunque no quieras
respuesta, estos pies que me arrullan me incitan al mismo tiempo a que los
lustre y amarre, mostrándome sus nudos y pelajes. Sabes bien, toda vez que soy
nombrada en la sobremesa, soy a la vez increpada por el eco del silencio que
auscultan tus mensajes sin respuesta. Tan
ausentes de sí mismos como esta canción que silbando sugiere un nombre para mi
aterrizaje en la suspensión.
Tarareando, agoto cada servilleta en barcos de papel que naufragan desafinando sorderas.
Tarareando, agoto cada servilleta en barcos de papel que naufragan desafinando sorderas.
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