miércoles, agosto 26, 2015

Cena remitida

No tengo palabras ya para evocar ni ahuyentar algún fantasma, aun cuando se aglomeran las llamadas en la sección de objetos encontrados. Esta vez me deslizo debajo de la mesa, silente, casi reptando por la silla hacia el sarcófago de migas y pienso: este es mi lugar, mi cabeza hacia el poniente y mi nuca abre la gravedad. Declino algunos nombres como barajando las posibles funciones que puedan ser útiles a la misión subterráneamente emprendida. Pero no, a mi lado sólo hay un conjunto insoportable de piernas, ruedos y zapatos mal puestos. Entonces recuerdo que me escribiste un escueto y repensado mensaje, similar al oblicuo saludar de los impalas. Y aunque no quieras respuesta, estos pies que me arrullan me incitan al mismo tiempo a que los lustre y amarre, mostrándome sus nudos y pelajes. Sabes bien, toda vez que soy nombrada en la sobremesa, soy a la vez increpada por el eco del silencio que auscultan tus mensajes sin respuesta.  Tan ausentes de sí mismos como esta canción que silbando sugiere un nombre para mi aterrizaje en la suspensión.
Tarareando, agoto cada servilleta en barcos de papel que naufragan desafinando sorderas.



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