Recordar. Recordar porque no queda más en esta penumbra que
una silueta venturosa, plagada de movimientos exhaustos, pero más nítidos que
cualquier bocanada de gesto. Caer en la memoria porque en esta vehemencia
atiborrada de trazos, no cabe la presencia de todo aquello que se tiende a mis
anchas. Abandono, porque voy buscando perfeccionar el recuerdo, voy anudando la
escena de las pequeñas treguas en medio de la interminable canción que es esta
vigilia manoseada hasta el hartazgo por aquello que llaman realidad. Abalanzarse
porque no tengo ritmo ni métrica para esta antojadiza voluptuosidad que es la
disciplina del sueño. Una voluptuosidad única por su paradoja: un denso almíbar
hecho con la inmaterialidad de los retazos olvidados de las ideas escondidas en
aquellos párpados que erguidos se estremecen para languidecer. Soñar urdiendo
los hilos de los dolores escindidos por el disturbio del paso que marca el
tiempo, disueltos en la cotidiana retahíla del presente. Soñar no es sólo tejer
tramas invisibles, sino creer que en una pausa en la vida del universo tienes
frente a ti lo que tu imaginación dibuja para el deseo.
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